Introducción

A nivel internacional, las primeras aproximaciones a la gestión de ríos y cuencas estuvieron centradas en el manejo y uso del agua como recurso, y la cuenca fue considerada como un sistema físico complejo basado en las interrelaciones entre las características hidrológicas y geomorfológicas de la cuenca, de sus ríos y afluentes.  Desde esta perspectiva, la cuenca fue considerada sobre todo como un sistema de recursos hídricos, cuyas aguas debían ser explotadas para el desarrollo económico[1], en función de su calidad y cantidad[2]. Sin embargo, la escasez de agua por razones naturales y artificiales, su deterioro progresivo causado principalmente por procesos de contaminación y la infraestructura creada para su aprovechamiento, han venido generando a lo largo de los años conflictos en torno al acceso al agua y a sus distintos usos. Un enfoque para abordar estos conflictos es el de la gestión de los recursos hídricos a una escala de cuenca hidrográfica, en donde mediante mecanismos participativos se buscan soluciones a los conflictos para distribuir el agua entre los usuarios, incluidos entre ellos, los ecosistemas naturales.

Ya desde la década del 2000, convergen las evidencias sobre la magnitud, importancia y complejidad del tema del agua, reconociéndose a las cuencas como grandes sistemas ecológicos integrados, basados en la interconexión de procesos y variables físicas, ambientales, sociales y económicas. Plataformas internacionales como los congresos mundiales del agua, las cumbres mundiales de desarrollo sostenible y del agua, la convención RAMSAR, entre otros, proveen recomendaciones y lineamientos para la gestión integrada y sostenible de cuencas, enfocándose en la necesidad de tener una perspectiva de planificación del uso del suelo y del agua así como mecanismos de gestión que abarquen la escala de cuencas. Para esto se recomienda la participación de todos los actores relevantes en la toma de decisiones y considerar, además, las necesidades ecológicas de los sistemas naturales, como es el caso de los humedales.

La gestión de cuencas, también conocida como gestión integrada de cuencas (o manejo integrado de cuencas hidrográficas) es por lo tanto, un marco adecuado para la planificación ambiental.  Algunas definiciones de la gestión de cuencas consideran como una condición que todas las partes interesadas deban estar de acuerdo con una visión común y compartida entre todos los actores. Es muy improbable que esto ocurra, especialmente en las cuencas Madre de Dios e Inambari que actualmente vienen experimentando un rápido desarrollo económico, con actividades ilegales, y más aun sin una presencia institucional del gobierno que se haga cargo de liderar y dirigir la gestión integrada de la cuenca. Sin embargo, es justamente este rápido crecimiento económico, acompañado del desarrollo de infraestructura y con proliferación de actividades extractivas que puede motivar la necesidad de tener una mirada integral de la cuenca y buscar los mecanismos de gestión más adecuados para así evitar, minimizar y/o resolver conflictos por el acceso a los diferentes recursos en la cuenca. Las experiencias más conocidas de gestión de cuencas en el mundo, son aquellas en donde el problema de escasez del agua es central y la gestión tiene por objetivo buscar su uso equitativo y sostenible. Esta nunca ha sido la percepción en la selva, donde siempre se ha percibido que el agua abunda y no hay necesidad de gestionarla[3]. Sin embargo, hay otros retos que hoy en día surgen en las cuencas andino amazónicas, por lo que es necesario construir esa visión compartida y gestionar el territorio y sus recursos a las escalas apropiadas de cuencas.

Desde el punto de vista económico, quizás en este momento la sub cuenca más productiva de la cuenca del río Madre de Dios sea la del Inambari, pues en ella se extrae oro, se cultiva coca, cuenta con una moderna autopista que la conecta a la red vial peruana y al Brasil, y en un futuro inmediato empezará a producir energía hidroeléctrica. Los impactos a gran escala ya son evidentes y en gran parte están causados por la extracción aurífera informal e ilegal. La próxima construcción de la represa Inambari va a tener importantes consecuencias ambientales, efectos sinérgicos positivos y negativos con otras actividades económicas, afectando a estas mismas actividades. Gran parte de estos efectos tendrían que ser considerados dentro del marco de manejo de cuenca e incluyendo no sólo la sub-cuenca Inambari, sino también la cuenca Madre de Dios, donde se sentirán algunos impactos. Es poco probable que los impactos de la minería aurífera y la posible construcción de la represa Inambari que ocurren en la cuenca del Inambari sean totalmente mitigados y ambientalmente compensados sólo dentro de esta sub-cuenca. Nuevamente, la gestión de las cuencas tiene que darse a las escalas apropiadas, y esto puede significar gestionar una cuenca de mayor nivel.

En esta perspectiva enfocada en la necesidad de gestionar de modo integrado las cuencas, se releva como tema central la efectiva gobernanza para la gestión de las cuencas. En la mayoría de países, la responsabilidad para el manejo de las cuencas está dividida entre distintas autoridades administrativas, lo que se traduce en enfoques sectoriales, fragmentando la planificación y manejo de los recursos y del territorio al interior de una cuenca. Por lo tanto, se requiere de un enfoque no sólo multisectorial y a diferentes escalas, sino también interdisciplinario si es que se quiere conservar la integridad ecológica de las cuencas, construir capacidades institucionales y técnicas, diseñar sistemas de financiamiento y de desarrollo sostenible adecuados, para asegurar el acceso por parte de las poblaciones a los servicios ambientales que proveen las cuencas. Todo esto requiere de sistemas de gobernanza efectivos.

Referencias:

[1] Decentralization of river basin management, Blomquist et al 2005; Hooper, 2003.

[2] Programa 21, Naciones Unidas, 1992.

[3] McClain y Llerena, 1998. El manejo de cuencas en la selva: de los Andes a la Amazonía.